Las últimas encuestas de intención de voto sitúan a Podemos como
segunda fuerza política, lo que plantea un escenario inédito en nuestro país.
Que un recién llegado asuma semejante cota de popularidad entre propios y
extraños, supone cuando menos un interesante objeto de estudio y debate.
Porque, en definitiva, ¿Cuáles son las causas y
fundamentos de esta ruptura con el voto tradicional? Y sobre todo, ¿Por
qué ese cambio se aglutina en torno a Podemos?
Muchas veces, en los últimos tiempos, hemos escuchado de boca de
la clase política el concepto “regeneración democrática”,
concepto que surge de la necesidad de cambio de un modelo partidista ante el
cual los ciudadanos, por decirlo suavemente, responden cada vez menos y cada
vez peor. Los dos grandes partidos recurren a la lingüística para revertir esa
situación, pero el común de los mortales sigue sin sentirse cercano a sus
posturas y lo expresa mediante unos datos que, en principio, dejan entrever la
sangría de votos que se les avecina. Y es que la corrupción, el paro, y la
situación económica y financiera no benefician a quien ostenta el
poder. Y si, además, el ciudadano entiende que la brecha existente entre sus
semejantes y las instituciones es cada vez mayor, fomentando el desamparo ante
un estado en el que no se siente representado, se genera una frustración que
desemboca en indignación y rabia.
El 15-M se convirtió en un claro ejemplo de
ello. A la
aparición de un grupo de personas, indignadas ante la situación general en la
que se sumía España, se sumaron progresivamente cada vez más, extendiéndose por
todo el territorio de manera fulgurante. Ciudadanos, asociaciones y colectivos
de muy diversa índole mostraron su apoyo a un movimiento que se desligaba, por
principio, de cualquier partido político existente. De hecho, y en clara
maniobra electoralista, hubo quien, de forma más o menos explícita, fomentó un
acercamiento que, en todos los casos, obtuvo el rechazo como única respuesta. Resultaba
evidente la falta de un grupo político que satisficiera las exigencias de
quienes masivamente se manifestaban. Y entonces, de aquellas brasas, surgió
Podemos.
La gran victoria del partido cuya cabeza más visible es Pablo
Iglesias, se sitúa en la comunicación. Allí donde los demás no
han sabido conectar con el ciudadano, explotando un lenguaje y una pose a todas
luces insuficiente, Podemos ha encontrado una
fórmula llana y comprensible, alejada de tecnicismos e
interminables listas de cifras y datos. Hablan a quien les escucha como podrían
hablar dos vecinos en el descansillo y transmiten una vida completamente
alejada de la carrera política profesional. Son jóvenes, lo que denota
frescura, y sus máximos representantes ostentan profesorados en la facultad de
ciencias políticas de la universidad complutense, lo que les legitima, ante el
ciudadano, como personas con bagaje, cuando menos teórico, en lo que a política
se refiere. La comunicación, dado todo lo comentado, genera fluidez en el
mensaje entre emisor y receptor, conecta y disminuye el ruido.
He de
dejar claro que no voy a entrar en absoluto a valorar ni ideologías ni
fundamentos en las propuestas. Ahí, como en todo, cada uno es responsable de sí
mismo y de lo que vota. Pero es incuestionable que Podemos ha supuesto, para
parte de la población, una bocanada de aire fresco, un modelo diferente de
hacer política que el resto de partidos no ha sabido, o no ha podido, hacer.
Como es lógico, una apuesta así atrae críticas
de muy diversos frentes. La cuestión es que, en este caso, la
crítica ha resultado, por agresiva, contraproducente. Vistos los datos, a mayor
número de ataques, mayor número de adhesiones, torpeza achacable al resto de
partidos y a determinados medios. Torpedear una alternativa política cuando es
uno mismo quien está siendo cuestionado, supone una maniobra en la que se
tiene, a la vista está, más que perder que ganar.
En este
sentido hay dos claros exponentes, toda vez que la asociación a ETA y su
entorno ha pasado a segundo plano tras la condena, explícita, a su actividad,
que son: el populismo y su supuesta vinculación al gobierno de Venezuela.
Continuamente salen a colación ambos temas cuando se habla de, o con, Podemos,
lo que relega la discusión puramente política a segundo plano y, dicho sea de
paso, poniéndoselo bastante fácil a sus representantes, ya que resulta obvio
que, lejos de inducir al desprestigio, lo que se consigue es el acercamiento de
cada vez mayor número de posibles votantes.
El populismo ha sido, sin duda, la punta de lanza de la crítica
al partido. Populismo en sentido negativo (también tiene uno positivo), el que
se define como la adopción de medidas y actitudes con el único propósito de
atraer la simpatía de los ciudadanos, a pesar de que éstas sean injustas,
ilegales o perjudiciales. Pero decir esto también plantea dudas, y como la duda
es la base de la reflexión y la crítica, voy a dejar en el aire unas preguntas
para que cada cual las responda atendiendo a su criterio: Exponer un programa
electoral para ganar unas elecciones y no cumplirlo, ¿Es
populismo?; Hablar continuamente de las faltas de quien está delante para
justificar las propias, ¿Es populismo?; Ser, de facto, un corrupto, y hablar
desde la moralidad y el sentimiento de estado, ¿Es populismo?
La confrontación directa de Podemos con la clase política
establecida, definida por el concepto “casta”, hace que el ciudadano deba
situarse en un bando u otro. El hecho de que el término sea peyorativo, aumenta
la sensación de pertenencia o rechazo, y a nivel de comunicación política, se
convierte en un arma útil y definitoria. A partir de ahí, piensen y saquen sus
propias conclusiones. Quédense donde les plazca y hagan lo que consideren. En
el fondo no se trata más que de ser fiel a uno mismo y a sus convicciones, con
espíritu crítico y reflexión. Al contrario que en religión, en política la fe
ciega suele ser mala consejera. Y es que pensar nos hace
libres.
Publicado en “Nueva Huella”.
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