viernes, 3 de junio de 2016

Con él llegó el escándalo. El fenómeno "Podemos" y su aparición en la política española.

Las últimas encuestas de intención de voto sitúan a Podemos como segunda fuerza política, lo que plantea un escenario inédito en nuestro país. Que un recién llegado asuma semejante cota de popularidad entre propios y extraños, supone cuando menos un interesante objeto de estudio y debate. Porque, en definitiva, ¿Cuáles son las causas y fundamentos de esta ruptura con el voto tradicional? Y sobre todo, ¿Por qué ese cambio se aglutina en torno a Podemos?
Muchas veces, en los últimos tiempos, hemos escuchado de boca de la clase política el concepto “regeneración democrática”, concepto que surge de la necesidad de cambio de un modelo partidista ante el cual los ciudadanos, por decirlo suavemente, responden cada vez menos y cada vez peor. Los dos grandes partidos recurren a la lingüística para revertir esa situación, pero el común de los mortales sigue sin sentirse cercano a sus posturas y lo expresa mediante unos datos que, en principio, dejan entrever la sangría de votos que se les avecina. Y es que la corrupción, el paro, y la situación económica y financiera no benefician a quien ostenta el poder. Y si, además, el ciudadano entiende que la brecha existente entre sus semejantes y las instituciones es cada vez mayor, fomentando el desamparo ante un estado en el que no se siente representado, se genera una frustración que desemboca en indignación y rabia.
El 15-M se convirtió en un claro ejemplo de ello. A la aparición de un grupo de personas, indignadas ante la situación general en la que se sumía España, se sumaron progresivamente cada vez más, extendiéndose por todo el territorio de manera fulgurante. Ciudadanos, asociaciones y colectivos de muy diversa índole mostraron su apoyo a un movimiento que se desligaba, por principio, de cualquier partido político existente. De hecho, y en clara maniobra electoralista, hubo quien, de forma más o menos explícita, fomentó un acercamiento que, en todos los casos, obtuvo el rechazo como única respuesta. Resultaba evidente la falta de un grupo político que satisficiera las exigencias de quienes masivamente se manifestaban. Y entonces, de aquellas brasas, surgió Podemos.
La gran victoria del partido cuya cabeza más visible es Pablo Iglesias, se sitúa en la comunicación. Allí donde los demás no han sabido conectar con el ciudadano, explotando un lenguaje y una pose a todas luces insuficiente, Podemos ha encontrado una fórmula llana y comprensible, alejada de tecnicismos e interminables listas de cifras y datos. Hablan a quien les escucha como podrían hablar dos vecinos en el descansillo y transmiten una vida completamente alejada de la carrera política profesional. Son jóvenes, lo que denota frescura, y sus máximos representantes ostentan profesorados en la facultad de ciencias políticas de la universidad complutense, lo que les legitima, ante el ciudadano, como personas con bagaje, cuando menos teórico, en lo que a política se refiere. La comunicación, dado todo lo comentado, genera fluidez en el mensaje entre emisor y receptor, conecta y disminuye el ruido.
He de dejar claro que no voy a entrar en absoluto a valorar ni ideologías ni fundamentos en las propuestas. Ahí, como en todo, cada uno es responsable de sí mismo y de lo que vota. Pero es incuestionable que Podemos ha supuesto, para parte de la población, una bocanada de aire fresco, un modelo diferente de hacer política que el resto de partidos no ha sabido, o no ha podido, hacer.
Como es lógico, una apuesta así atrae críticas de muy diversos frentes. La cuestión es que, en este caso, la crítica ha resultado, por agresiva, contraproducente. Vistos los datos, a mayor número de ataques, mayor número de adhesiones, torpeza achacable al resto de partidos y a determinados medios. Torpedear una alternativa política cuando es uno mismo quien está siendo cuestionado, supone una maniobra en la que se tiene, a la vista está, más que perder que ganar.
En este sentido hay dos claros exponentes, toda vez que la asociación a ETA y su entorno ha pasado a segundo plano tras la condena, explícita, a su actividad, que son: el populismo y su supuesta vinculación al gobierno de Venezuela. Continuamente salen a colación ambos temas cuando se habla de, o con, Podemos, lo que relega la discusión puramente política a segundo plano y, dicho sea de paso, poniéndoselo bastante fácil a sus representantes, ya que resulta obvio que, lejos de inducir al desprestigio, lo que se consigue es el acercamiento de cada vez mayor número de posibles votantes.
El populismo ha sido, sin duda, la punta de lanza de la crítica al partido. Populismo en sentido negativo (también tiene uno positivo), el que se define como la adopción de medidas y actitudes con el único propósito de atraer la simpatía de los ciudadanos, a pesar de que éstas sean injustas, ilegales o perjudiciales. Pero decir esto también plantea dudas, y como la duda es la base de la reflexión y la crítica, voy a dejar en el aire unas preguntas para que cada cual las responda atendiendo a su criterio: Exponer un programa electoral para ganar unas elecciones y no cumplirlo, ¿Es populismo?; Hablar continuamente de las faltas de quien está delante para justificar las propias, ¿Es populismo?; Ser, de facto, un corrupto, y hablar desde la moralidad y el sentimiento de estado, ¿Es populismo?
La confrontación directa de Podemos con la clase política establecida, definida por el concepto “casta”, hace que el ciudadano deba situarse en un bando u otro. El hecho de que el término sea peyorativo, aumenta la sensación de pertenencia o rechazo, y a nivel de comunicación política, se convierte en un arma útil y definitoria. A partir de ahí, piensen y saquen sus propias conclusiones. Quédense donde les plazca y hagan lo que consideren. En el fondo no se trata más que de ser fiel a uno mismo y a sus convicciones, con espíritu crítico y reflexión. Al contrario que en religión, en política la fe ciega suele ser mala consejera. Y es que pensar nos hace libres.

Publicado en “Nueva Huella”.



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