No es una historia única, sino más bien todo lo contrario.
Desgraciadamente, son muchos los que se ven obligados, por circunstancias
extremas, a abandonar sus países en busca
de un futuro que,
lejos de suponer un anhelo, debiera resultar un derecho inalienable. En el
primer mundo, ese que aglutina apenas a una mínima parte de la población, los
inmigrantes son quienes nos hacen ver que la lucha por una vida digna se
transforma, en millones de casos, en un esfuerzo titánico cuya
recompensa no siempre hace justicia.
Hablamos con una de esas personas que llegaron a España en busca
de un sueño que nunca fue. Adscrito al plan de retorno
voluntario, después de ocho años en nuestro país, mediante el
cual el gobierno ayuda a inmigrantes a volver a sus lugares de origen generando
algún tipo de fuente de ingresos, nos relata su experiencia con valentía y
honestidad.
– ¿Cómo era la situación en tu país
cuando decidiste salir?
La
situación era muy mala. Trabajaba como conductor y ganaba unos cincuenta euros
al mes. Así es muy difícil mantener a tu familia.
– ¿Por qué decides venir a España?
Yo veía
que la gente en España tenía un trabajo, una casa y un coche. Lo que
necesitaba. Y pensé que yo podría tener lo mismo. Pero al final, nada de eso.
– Cuéntanos como fue el viaje hasta
llegar a España.
Al
principio me dijeron que vendría en un barco. Me cobraron tres mil euros, de
los que he pagado la mitad. Tuvimos que ir hasta otro país para llegar al
puerto y entonces me di cuenta de que era una patera. Cuarenta personas en una
barca de unos cuatro metros de largo por dos de ancho. El viaje duró tres días,
en los que no comimos nada y bebimos una manzanilla al día. Había una lona que
cubría media barca y yo estuve debajo de ella, sentado sin apenas moverme.
Cuando llegamos a Tenerife, no podía levantarme ni caminar.
– ¿Qué ocurre cuando llegáis?
Nos
llevan al calabozo durante tres días. Allí nos tratan bien, nos dan de comer y
de beber, y no dan cerdo a los musulmanes. Después pasamos al centro de
internamiento de extranjeros, donde estamos cuarenta días. De allí, nos suben a
un autobús, dejando a la gente, de cinco en cinco, en distintas ciudades. Yo
llegué a Albacete y, como tenía un primo en Madrid, me pagaron billete para
llegar.
– ¿Cómo son los primeros días en Madrid?
Bien,
mi primo me enseñó la ciudad, me explicó cómo moverme y lo que podía hacer. El
llevaba tres meses aquí antes de que yo llegara.
– Te han detenido tres veces…
– Sí,
por vender en la calle. La primera llevaba unos dos meses, pero lo peor fue la
segunda vez, porque me pegaron tanto fuera como dentro del coche. Luego en
comisaría no. Tengo en casa papeles del médico con las lesiones. Hubo gente que
me dijo que podía testificar, que lo había visto, pero yo no quise. Otra vez un
policía, que estaba solo, me vio salir de una tienda y quiso quedarse con la
mitad de lo que llevaba.
– ¿Qué tipo de trabajos has podido realizar?
–
Vender en la calle y de albañil, pero sin contrato. Ganaba unos ochocientos
euros, y si trabajaba los sábados podía llegar a los mil.
– ¿Cómo es la relación con tu
familia?
Bueno,
les envío dinero todos los meses, cien euros o lo que puedo. Cuando hay
fiestas, como el Ramadán, intento mandar unos cuatrocientos.
-Te niegan hasta tres veces la regularización
Sí. En
Salamanca, donde estuve también, me dijeron que no tenía arraigo. Yo presenté
cartas y documentos. Incluso aporté los papeles del puesto que tenía en las
fiestas de Béjar, que me costó doscientos euros. Quería que vieran que
trabajaba y pagaba impuestos. Yo pensé que me lo concederían, pero no.
– ¿Qué impresión tienes de la gente de aquí,
como te has sentido tratado?
Hay de
todo. Mucha gente buena, pero a veces se hace duro. Una vez, en el metro, me
senté y la chica de al lado se levantó y salió corriendo a otro lado. Mi primo
me preguntó por qué no le había dicho nada, pero dije que no pasaba nada. Lo
entiendo.
– ¿En qué momento te planteas volver a tu
país?
Hace
tres años que lo pienso, cuando vi que es muy difícil conseguir dinero y
papeles. Si pudiera, me marcharía mañana mismo.
– Hablemos del futuro. ¿Cómo te lo planteas?
Bien.
Aunque antes no se podía trabajar ni ganar dinero, ahora la situación es un
poco mejor. Quiero tener un taxi, para llevar personas y mercancías, y me apoya
el plan de retorno voluntario. Lo único malo es que la persona que me dejó los
tres mil euros para venir, me pedirá los mil quinientos que aún no le debo.
Espero hablar con él y poder pagárselo poco a poco.
– ¿Cómo conociste Nueva Huella?
Yo no
sabía escribir en español y hablaba mal. Pregunté y me hablaron de la
asociación. Me han ayudado mucho y siempre han estado encima de mí. Solo puedo
decir gracias por todo.
Desde
Nueva Huella le damos las gracias por habernos concedido la entrevista, y
le deseamos toda la suerte del mundo.Sin
duda, la merece.
Publicado
en “Nueva Huella”.
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