Con el bueno de Micah P. Hinson me ocurrió algo parecido a lo que, en su día, me supuso el descubrimiento de Nacho Vegas. Un revés en toda la cara con la mano abierta, un toque de atención de esos que no se olvidan. Hay esperanza, parecía decir. Y vaya si la había. Porque permitan que se lo diga, este tipo es muy bueno. Lo es desde la sencillez, desde una simplicidad emotiva que, precisamente por ello, va como una flecha hasta el mismo centro de nuestro cerebro, donde el oido y las emociones se mezclan en una red de neuronas que van y vienen, como los protagosnistas de sus canciones. Su música transpira carretera, motel de la ruta 66, gasolinera con Mustang descapotable y parada de autobús desde donde nosotros, inmersos en cuatro acordes, observamos el Mustang maldiciendo nuestra mala suerte. Mala vida, malas calles, mala gente, pero también esperanza. Esa de la que es imposible escapar, la que se esconde, velada, detrás de una canción, de una guitarra vieja, de aquellos que estuvieron peor y se levantaron una y mil veces, del "de todo se sale" y del "no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita".
Mr. Hinson nació en el 81 en
Tennesee, y eso se nota. Un profundo Folk de raíces se funde con retazos pop y
rock desde la perspectiva, nunca olvidada, de la honestidad por cuna obligada.
Un mundo intimísimo, que según el mismo reconoce, bebe de bandas como Calexico
y cuyas similitudes son más que palpables. Similitudes, digo, no copia. Estamos
tan acostumbrados al mimetismo entre bandas que encontrar influencias sin
pérdida de identidad es como comerse un chicle de menta extrafuerte. De
repente, durante un segundo, respiras limpio, fresco. Y en ese momento te das
cuenta de que aun quedan momentos libres de contaminación.
El
muchacho arrastra una interminable ristra de leyendas urbanas tras de sí, la
mayor parte de las cuales, probablemente, sean ciertas, que han ayudado a
encumbrarle. Ya saben, chico malo vende más. Pero no sean duros, no es el caso.
Aquí no hay impostura ni artificio. Siendo muy jovencito tuvo una relación con
una viuda famosa por las tierras que lo vieron nacer, y la cosa acabó como el
rosario de la aurora; adicciones varias, deudas y demás miserias llevaron sus
huesos a internamiento y, la viuda, si te he visto no me acuerdo. El hogar
paterno también le fue clausurado y el chico de gafas de pasta y mirada
perdida, tímido y enclenque, se vio obligado a deambular de aquí para allá,
guitarra en mano, de casa en casa, siempre de prestado, y de trabajo en
trabajo. Ahí tienen la materia prima, lo ven? No escribe desde lejos, sino con
cicatrices. Y eso, ahora y siempre, hay que valorarlo. Un (bendito) golpe de
suerte, unas canciones grabadas y un productor que las escucha. Está claro que
de todo se sale. Lo demás, ya saben. Pedida de mano en el escenario a una novia
cuya foto lleva en la guitarra (no me digan que no es un encanto), una novela,
"No voy a salir de aquí", reflejo literario de su microuniverso y
que, dicho sea de paso, ha sido publicada primero en España, y la constatación
de que las cosas buenas, aquellas que además se hacen con mimo y dedicación, si
hay justicia, acaban saliendo a flote.
Publicado en "La Radiación de Hawking".
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