viernes, 3 de junio de 2016

La quimera del oro. Una (breve) aproximación a la igualdad ante la ley.

El artículo catorce de la constitución española de 1978, recoge que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Como pilar básico del sistema jurídico y, por extensión, político e incluso económico, resulta evidente que es de obligada inclusión en un texto constituyente. Con respecto a la obligatoriedad de cumplimiento, entramos ya en harina de otro costal, si atendemos no solo al sentir del común de los ciudadanos, que como podemos observar a poco que levantemos la vista, discrepa de su efecto práctico, sino a hechos mismos que, en mayor o menor medida, siembran la duda y la incertidumbre. Porque, en último término, ¿somos, como se esforzaron por dejar negro sobre blanco los padres de la transición, todos iguales ante la ley?
La real academia de la lengua ofrece varias acepciones de la palabra ley, acaso la más certera respecto a lo que nos ocupa, sea: “precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados”. Posiblemente la mayor imprudencia que podemos observar en la definición sea la aparente buena voluntad que se le presupone a la autoridad competente, que actúa en consonancia con la justicia y vela por el bien de los gobernados, pareciendo excluir el hecho de que la ley puede no ser siempre justa, o no ser prescrita para el mayor beneficio de todos los ciudadanos. La ingenuidad, por tanto, de la que hace gala la rae en su explicación del término, es la misma bajo la que se escuda el estado cuando, aun sabiendo que una ley va sesgada para el beneficio de una minoría económica, pongamos por caso, se encoge de hombros alegando que, en el fondo, va a ser buena para todos. Y es que la ley, por desgracia, se ha ido separando progresivamente del contrato social para devenir en el arma que esgrime el estado a fin de protegerse a sí mismo, lo cual se hace evidente en el recurrente uso de los medios coercitivos a su alcance, para defenderla de aquellos a los que a priori debiera proteger. Circunstancia que nos lleva, directamente, al punto de origen de este artículo: la igualdad.
Uno de los rasgos que mejor definen si somos o no iguales ante la ley es el de proporcionalidad. No resulta lógico, se vea desde el ángulo que se vea, que un ciudadano que ha defraudado millones de euros condone su deuda con el estado y, por extensión puramente teórica aunque falaz, con la sociedad, pagando una cantidad monetaria que, en ningún caso, va a empobrecer su situación en, y seremos benevolentes, demasía. Esto ha ocurrido, sin ir más lejos, en casos sonados recogidos por la prensa o en la tan cacareada amnistía fiscal. La proporcionalidad con respecto al efecto que produce la deuda de una familia con una entidad bancaria es completamente asimétrica. No pagar diez mil euros de una hipoteca implica la pérdida fulminante de la vivienda, dejando a la familia en la calle y vulnerando un artículo de la constitución, dicho sea de paso. Este ejemplo resulta especialmente conveniente porque, habiendo quien pudiera argumentar que si se solicita una hipoteca hay que cumplir con lo acordado, así como que el estado no es culpable de las deudas de los ciudadanos, necesariamente deberíamos aducir que la ley hipotecaria no solo es injusta en el fondo y en la forma, sino que el propio parlamento europeo ha corroborado tal realidad, tirando (cariñosamente) de las orejas al gobierno español, y desvinculándose de cualquier competencia al respecto. El resultado es que el perjuicio ocasionado es exponencialmente superior en aquellos casos en los que el infractor tiene menor poder adquisitivo, con el agravante de que esa situación debiera, en justicia, estar aun más protegida. Tener mucho, por tanto, da una impunidad con respecto al castigo impropia de un sistema que se enorgullece de abanderar, en su nomenclatura, la palabra “bienestar”. Y tanto es así, que la imposición por parte del gobierno de unas tasas económicas dificulta hasta tal medida el acceso a la justicia, que cualquier ciudadano debe pagar más por recurrir una multa que por su abono. Trágica verdad, que nos presenta la legítima defensa de los derechos como una cuestión monetaria en la que el “tanto tienes, tanto vales”, se desliza inexorablemente entre los recovecos de lo legal.
Podríamos dar incontables ejemplos de lo expuesto; el aforamiento de cargos públicos, el hecho de que haya fiscales, en los últimos días, que recurran imputaciones por corrupción a mayor velocidad que los propios abogados del acusado, el desamparo ante sanidad o educación de aquellos que menos tienen, el deshumanizado trato a los inmigrantes y un etcétera tan largo que prolongaría este listado ad infinitum. Y es que vivimos en un mundo donde la separación entre la clase política, anclada en una atalaya que poco tiene que ver con el día a día del común, y aquellos sobre los que, como dice la constitución, recae la soberanía, se agranda cada día. Ejercer el derecho al voto cada cuatro años es garantía más que suficiente para legitimar al poder legislativo, y los programas electorales son sistemáticamente incumplidos sin sanción alguna. El “todo para el pueblo pero sin el pueblo” del despotismo ilustrado ha cambiado en la forma pero no el fondo, erigiéndose más importantes los mercados y las inversiones (amparadas y beneficiadas por la ley) que el propio ciudadano, responsable en última instancia de los desastres económicos perpetrados por un estado que le acusa directamente de haber “vivido por encima de sus posibilidades”. Un giro de tuerca simplista pero inteligente, que tiene su calado en una parte de la población para cual es más traumático concluir que las instituciones fallan, que aceptarlo como normal y seguir su camino. Y es que también nosotros hemos de realizar un ejercicio de introspección y sopesar nuestra responsabilidad. La mayoría de nosotros podríamos hacer más por revertir el estado de las cosas, intentarlo al menos, pero la comodidad o la falsa sensación de seguridad pesa. Es comprensible. Como reza el dicho: “No muerdas la mano que te da de comer”. Moral de esclavo, lo llamaba Nietzsche.
Publicado en “Nueva Huella”.


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