Abrir el periódico o ver un informativo en televisión, se ha
convertido en una tortura para cualquier ciudadano con un mínimo de sentido
común. Corrupción, miseria, desahucios
o desempleo, son
el pan nuestro de cada día. Un pan más propio de repúblicas bananeras que de
democracias occidentales. Al menos a priori. Porque, por desgracia, casos como
el de Grecia, Italia, Irlanda o Portugal, falsean esa premisa y corroboran que
el pretendido estado del bienestar no sólo no lo es, sino que puede
llegar a transformarse en un terrible depredador.
No nos engañemos, nos gobiernan los mercados. Esos a los que tanto se apela,
nombrados hasta la saciedad y a los que nadie conoce. Esos que manejan con
desvergüenza e impunidad los datos electorales, permitiéndose el lujo de
“aconsejar” un gobierno u otro. Aconsejar, por supuesto, utilizado como
eufemismo, porque la realidad es que la recomendación camufla, a semejanza del
lobo vestido con piel de cordero, una amenaza brutal cuyo objetivo va a ser
siempre, así son las reglas del juego, el que menos tiene. Y aquí, no me cabe
duda, saltarán los cobardes cuya máxima preocupación es dejar bien limpio el
trasero del poder, muy a pesar de que el propio esté cada vez más dilatado. A
todos ellos les recuerdo que la democracia es el gobierno
del pueblo, y que no tengo constancia de definición que recoja,
como parte del poder soberano, a entes abstractos con intereses económicos que
nada tienen que ver con el bien común.
El sistema se estructura de tal manera, que a uno ha de servirle
poner una papeleta cada cuatro años para sentirse partícipe de él. Con eso está
todo dicho. Venga, chaval, ya has cumplido, a correr. La trampa es que ese hecho
legitima absolutamente cualquier acto o decisión que se tome después. Y aunque existen programas electorales
que, en teoría, exponen el conjunto de medidas y propuestas sobre las que se
sustentará el posible gobierno, no son sino papel mojado en el lodo de la indignidad.
No recuerdo un solo programa que no haya sido brutalmente manipulado e
incumplido. Ni uno solo. Y aun menos recuerdo a un dirigente político que haya
mostrado la decencia de, tras hacerlo, dimitir. La
nobleza ya hace tiempo que ha dejado de pertenecer a las casas reales. La de verdad, la que ha sobrevivido
desde la edad media, es la actual clase política en connivencia con los
mercados. Intereses económicos que se retroalimentan y gobiernos necesitados de
su cariño, son las piezas clave de nuestra realidad. Y el ciudadano, tercero
excluido, la presa del carroñero.
No tenemos apenas libertad de decisión en las
cuestiones vitales que nos afectan, y los mecanismos de control a quienes nos
representan son superfluos y carentes de objetividad. La partidocracia llega a cotas tales de
infamia, que una irregularidad manifiesta como la disciplina de voto, aquella
que obliga a los miembros de un mismo partido a votar lo mismo, es exhibida con
impunidad sin que ocurra absolutamente nada, imponiendo, para más inri, multas
económicas a quien tenga la ocurrencia de no cumplirla.
Pero no nos engañemos. Muchos de los males que ahora
sufrimos vienen directamente de una transición que nunca lo fue. Porque transición, amigos, es paso de
una cosa a otra. Un punto de inflexión que transforma un estado de cosas en
otro. Y aquí ocurrió un cambio que, lejos de dar pie a una evolución, impuso un
modelo y una constitución blindados a los que el poder se aferra como un bebé
hambriento a un pecho.
Reconocer al enemigo no es sencillo. Y no lo es porque muchas veces no tiene
cara, sino imagen corporativa, logotipo. Solo vemos al mequetrefe, que no lo es
tanto. Vemos a los Aznar, González, Rato y tantos más. Los que salen del
parlamento para entrar en Endesa, Banco de Santander, Fondo Monetario
internacional…En definitiva, aquellos que venden su alma al diablo de la
riqueza y el soborno por los servicios prestados ¿O acaso no existe mayor
delito que beneficiar y beneficiarse en contra del interés general? No sé si se
habrán preguntado, por ejemplo, por qué pagamos mayores cuotas energéticas que
el resto de Europa, por qué existen cláusulas flagrantemente abusivas en la
banca, o por qué el gobierno de Zapatero decidió no acusar a Botín por delitos
fiscales, dando lugar a la hoy tan famosa doctrina del mismo nombre. Si a esto
sumamos la reforma laboral, las peticiones de despido libre de la patronal, las
bajadas salariales o los casos de corrupción, en los que hay implicados
políticos, empresarios y sindicalistas, ¿Aun se preguntan quién es la víctima y
quién el verdugo? ¿Piensan sinceramente que nuestra democracia es el gobierno
del pueblo, constitucionalmente soberano?
La transformación tiene que empezar ya. No valen más excusas, ni cambios
apresurados ante una alarma social en aumento. Se hace necesaria una reforma
estructural y constitucional, en las instituciones y en cada estamento del
Estado. Y ha de realizarse con y para el pueblo. Hace tiempo que la clase
política no entiende su función principal, que es y debe ser la de representación
de aquellos que han depositado su confianza en las urnas. La dignidad que esto
representa no puede situarse por debajo de cualquier otra disposición. Somos
nosotros, todos, los que debemos gobernar con su voz, y no ellos quienes
gobiernan para los demás. Esta premisa tan básica ha pasado a mejor vida, y el
gobierno se ejerce desde un castillo por el que se expulsan las sobras de sus
banquetes.
Tenemos la responsabilidad y la obligación de
exigir un modelo adecuado a la democracia que queremos, de
decidir el camino al que dirigirnos con total libertad, sin presiones ni miedos
inyectados por intereses económicos privados. Los partidos han de asumir su
trabajo y ejercer la función real de su existencia. Para ello, es preciso que
todos y cada uno de nosotros desarrollemos sentimiento de Estado, entendiendo
que una casa no puede construirse desde el tejado. Y
es que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Publicado en “Nueva Huella”.
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