viernes, 3 de junio de 2016

Las dos caras de la verdad. Una reflexión sobre la manipulación en los medios.

La reciente publicación de la obra Gekaufte Journalisten (‘Periodistas comprados’), del alemán Udo Ulfkotte, en la que se relatan los sobornos a periodistas por parte de la OTAN y la CIA, sitúa en primera fila un debate antiguo y nunca resuelto, en el que se dirime la manipulación y sesgo en los medios de comunicación debido a intereses de diversa índole.
El tema, qué duda cabe, es peliagudo. Y lo es porque, para bien o para mal, el ciudadano se sirve de los medios con el único fin de informarse acerca de aquello que, de otra manera, resultaría de difícil, cuando no imposible, acceso. Quien tiene la información, por tanto, posee la capacidad de exponerla según su propio criterio, generando opinión. Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando el fin de quien emite la noticia es, precisamente, generar una opinión concreta y no el mero relato de la misma. Es en ese caso, intencional y consciente, cuando podemos hablar de manipulación. Para ilustrarlo, permítanme hacer referencia a una anécdota ocurrida hace años, cuando los líderes de Estados Unidos y de la extinta Unión Soviética participaron en una carrera, uno contra otro. No recuerdo quien salió vencedor, ni viene al caso. Lo importante es que, al día siguiente, los titulares de uno de los países reflejaban que su presidente había destrozado a su rival, mientras que los del otro apelaban al más que digno segundo puesto del suyo. Les recuerdo que eran los únicos participantes, así que saquen sus propias conclusiones.
Para evitar malos entendidos y dejar claro el enfoque del presente artículo, me veo en la obligación de exponer una consideración importante, y es que no creo en la objetividad absoluta. El periodismo, como la historiografía, está hecho por personas. Y las personas no somos entes aislados. Tenemos filias y fobias, sentimientos, y adaptamos la información a nuestros propios criterios. Cuando Herodoto o Julio Cesar narraban guerras o acontecimientos de su época, lo hacían desde un punto de vista parcial y, en el caso de éste último, interesado. Las descripciones de los bárbaros en la Guerra de las Galias son brutales, pero comprensibles si tenemos en cuenta que el bueno de Julio se enfrentaba por vez primera a una gente de la que no sabía absolutamente nada, y cuyas costumbres harían temblar a cualquier romano de a pie. Esto se hace especialmente visible en géneros como la crítica (del tipo que sea) o la opinión. Pretender derrochar objetividad cuando se habla de fenómenos culturales como la música o el cine, me ha resultado siempre aburrido y estéril. Y falso, además. Porque detrás de muchas valoraciones no hay sino impostura, apariencia. Hábleme de lo que le gusta y del por qué, y olvídese de sermones que en el fondo, lo que buscan, es sentar una cátedra que nadie le ha ofrecido.
Parto, por tanto, de la base, de que quien escribe lo hace desde un punto de vista forjado por todo aquello que es y ha recibido, condicionando en cierto modo la manera en que percibe la realidad. Como nos enseña Einstein y la mecánica cuántica, un fenómeno depende de la situación del observador.
Dicho esto, cosa bien distinta es la maniobra mediante la cual una misma información se sesga, de manera intencionada, para que quien la reciba limite su capacidad de análisis debido a la carencia de todos los datos. Esto ocurre, ustedes y yo lo sabemos, a diario. Y no solo en esta España que nos ha tocado vivir, o en regímenes dictatoriales donde la manipulación es manifiesta, sino en la propia Alemania, famosa por el prestigio de unos medios puestos en evidencia tras la publicación del libro al que nos referíamos al principio.
Los gobiernos y las superestructuras son planamente conscientes de que la información es peligrosa, por cuanto es capaz de desestabilizar un mercado o promover un cambio electoral. El intento de que les sean favorables o apunten hacia ciertos objetivos se convierte en una práctica que, no nos olvidemos, pasa por encima de cualquier código ético y, dicho sea de paso, de la ley.
Pero no carguemos todas las tintas contra el poder. Ciertas compañías, próximas a éste, participan del juego alimentando una gallina que no sé si da huevos de oro, pero que al menos los debe poner bien gordos.
Tampoco debemos caer en el error de suponer que todo sesgo viene de instancias superiores. El periodismo puramente ideológico se posiciona abiertamente y no oculta su filiación, lo que no me parece mal, siempre y cuando sus informaciones sean ciertas y estén bien fundamentadas.  Las líneas editoriales y los libros de estilo marcan el camino a seguir, y las asociaciones de prensa velan, o deben velar, porque se cumplan los códigos deontológicos de la profesión. Pero los límites son difíciles de medir y fáciles de rebasar, a veces no de un modo flagrante (que también), sino mucho más sibilino, estructural, de tal manera que nos volvemos receptáculos de una idea a la que apenas hemos puesto en mínima cuarentena. Y es que la libertad de expresión es y debe ser sagrada, pero la diferencia entre la mera noticia, el pasquín y el panfleto, por ejemplo, se hace, en más ocasiones de las aceptables, de compleja dilucidación.
Caso más sangrante, si cabe, es de los medios públicos que, financiándose con dinero del estado, sirven de modo infame a intereses partidistas o gubernamentales, sean del signo que sean. En este caso se produce una doble perversión, desde el punto de vista del medio, que resulta manipulado, y desde aquel que manipula, colocando a dedo directivos o responsables que mantengan una senda trazada en los despachos, y que poco o nada tiene que ver con la pluralidad y el interés general.
Pese a todo lo dicho, y para no ser injusto, he de reconocer que el periodismo es un noble oficio que está plagado de excelentes profesionales y grandes medios. Aunque el virus de la manipulación ronda por el aire, Nixon hubiera seguido en el poder si no es por dos jóvenes redactores, y por aquellos que, pese a las presiones, les dejaron trabajar. Ejemplos como éste los hay aquí y en la Conchinchina, a patadas, así que no nublemos nuestro juicio demasiado. Que un periodista reciba dádivas o sobornos, o que sea presionado para transmitir un mensaje concreto es un crimen ante el que no podemos permanecer impasibles. Que dicho periodista acepte el trato o asuma que ha de circunscribirse a una corriente concreta, a pesar de no compartirla, rebaja su profesionalidad y su honestidad a una bajeza digna de los insectos, y que me disculpen los insectos. Denunciemos el abuso, clara y firmemente, y posicionémonos del lado de quienes tienen como único objetivo que se sepa la verdad, caiga quien caiga. Porque, en último término, todos tenemos la obligación moral de cribar la información que recibimos, de acudir a distintas fuentes y de reflexionar sobre todo ello para sacar nuestras propias conclusiones. Lo demás es ideología.


Publicado en “Nueva Huella”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario