La reciente publicación de la obra Gekaufte
Journalisten (‘Periodistas
comprados’), del alemán Udo Ulfkotte, en la que se relatan los sobornos a
periodistas por parte de la OTAN y la CIA, sitúa en primera fila un debate
antiguo y nunca resuelto, en el que se dirime la manipulación y sesgo en los
medios de comunicación debido a intereses de diversa índole.
El tema, qué duda cabe, es peliagudo. Y lo es porque, para bien
o para mal, el ciudadano se sirve de los
medios con el único fin de informarse acerca de aquello que, de otra manera,
resultaría de difícil, cuando no imposible, acceso. Quien tiene la información,
por tanto, posee la capacidad de exponerla según su propio criterio, generando
opinión. Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando el fin de quien emite
la noticia es, precisamente, generar una opinión concreta y no el mero relato
de la misma. Es en ese caso, intencional y consciente, cuando podemos hablar de
manipulación. Para ilustrarlo, permítanme hacer referencia a una anécdota
ocurrida hace años, cuando los líderes de Estados Unidos y de la extinta Unión
Soviética participaron en una carrera, uno contra otro. No recuerdo quien salió
vencedor, ni viene al caso. Lo importante es que, al día siguiente, los
titulares de uno de los países reflejaban que su presidente había destrozado a
su rival, mientras que los del otro apelaban al más que digno segundo puesto
del suyo. Les recuerdo que eran los únicos participantes, así que saquen sus
propias conclusiones.
Para evitar malos entendidos y dejar claro el enfoque del
presente artículo, me veo en la obligación de exponer una consideración
importante, y es que no creo en la objetividad absoluta. El
periodismo, como la historiografía, está hecho por personas. Y las personas no
somos entes aislados. Tenemos filias y fobias, sentimientos, y
adaptamos la información a nuestros propios criterios. Cuando Herodoto o Julio
Cesar narraban guerras o acontecimientos de su época, lo hacían desde un punto
de vista parcial y, en el caso de éste último, interesado. Las descripciones de
los bárbaros en la Guerra de las Galias son
brutales, pero comprensibles si tenemos en cuenta que el bueno de Julio se
enfrentaba por vez primera a una gente de la que no sabía absolutamente nada, y
cuyas costumbres harían temblar a cualquier romano de a pie. Esto se hace
especialmente visible en géneros como la crítica (del tipo que sea) o la
opinión. Pretender derrochar objetividad cuando se habla de fenómenos
culturales como la música o el cine, me ha resultado siempre aburrido y
estéril. Y falso, además. Porque detrás de muchas valoraciones no hay sino
impostura, apariencia. Hábleme de lo que le gusta y del por qué, y olvídese de
sermones que en el fondo, lo que buscan, es sentar una cátedra que nadie le ha
ofrecido.
Parto, por tanto, de la base, de que quien escribe lo hace desde
un punto de vista forjado por todo aquello que es y ha recibido, condicionando
en cierto modo la manera en que percibe la realidad. Como
nos enseña Einstein y la mecánica cuántica, un fenómeno depende de la situación
del observador.
Dicho
esto, cosa bien distinta es la maniobra mediante la cual una misma información
se sesga, de manera intencionada, para que quien la reciba limite su capacidad
de análisis debido a la carencia de todos los datos. Esto ocurre, ustedes y yo
lo sabemos, a diario. Y no solo en esta España que nos ha tocado vivir, o en
regímenes dictatoriales donde la manipulación es manifiesta, sino en la propia
Alemania, famosa por el prestigio de unos medios puestos en evidencia tras la
publicación del libro al que nos referíamos al principio.
Los gobiernos y las superestructuras son
planamente conscientes de que la información es peligrosa, por
cuanto es capaz de desestabilizar un mercado o promover un cambio electoral. El
intento de que les sean favorables o apunten hacia ciertos objetivos se
convierte en una práctica que, no nos olvidemos, pasa por encima de cualquier
código ético y, dicho sea de paso, de la ley.
Pero no
carguemos todas las tintas contra el poder. Ciertas compañías, próximas a éste,
participan del juego alimentando una gallina que no sé si da huevos de oro,
pero que al menos los debe poner bien gordos.
Tampoco debemos caer en el error de suponer que todo sesgo viene
de instancias superiores. El periodismo puramente
ideológico se posiciona abiertamente y no oculta su filiación, lo que no me parece mal, siempre y
cuando sus informaciones sean ciertas y estén bien fundamentadas. Las
líneas editoriales y los libros de estilo marcan el camino a seguir, y las
asociaciones de prensa velan, o deben velar, porque se cumplan los códigos
deontológicos de la profesión. Pero los límites son difíciles de medir y
fáciles de rebasar, a veces no de un modo flagrante (que también), sino mucho
más sibilino, estructural, de tal manera que nos volvemos receptáculos de una
idea a la que apenas hemos puesto en mínima cuarentena. Y es que la libertad de
expresión es y debe ser sagrada, pero la diferencia entre la mera noticia, el
pasquín y el panfleto, por ejemplo, se hace, en más ocasiones de las
aceptables, de compleja dilucidación.
Caso más sangrante, si cabe, es de los medios
públicos que,
financiándose con dinero del estado, sirven de modo infame a intereses
partidistas o gubernamentales, sean del signo que sean. En este caso se produce
una doble perversión, desde el punto de vista del medio, que resulta
manipulado, y desde aquel que manipula, colocando a dedo directivos o
responsables que mantengan una senda trazada en los despachos, y que poco o
nada tiene que ver con la pluralidad y el interés general.
Pese a todo lo dicho, y para no ser injusto, he de reconocer que
el periodismo es un noble oficio que está plagado de excelentes profesionales y
grandes medios. Aunque el virus de la manipulación ronda por el aire, Nixon
hubiera seguido en el poder si no es por dos jóvenes redactores, y por aquellos
que, pese a las presiones, les dejaron trabajar. Ejemplos como éste los hay
aquí y en la Conchinchina, a patadas, así que no nublemos nuestro juicio
demasiado. Que un periodista reciba dádivas o sobornos, o que sea presionado
para transmitir un mensaje concreto es un crimen ante el que no podemos
permanecer impasibles. Que dicho periodista acepte el trato o asuma que ha de
circunscribirse a una corriente concreta, a pesar de no compartirla, rebaja su
profesionalidad y su honestidad a una bajeza digna de los insectos, y que me
disculpen los insectos. Denunciemos el abuso, clara y firmemente, y
posicionémonos del lado de quienes tienen como único objetivo que se sepa la
verdad, caiga quien caiga. Porque, en último término,
todos tenemos la obligación moral de cribar la información que recibimos, de
acudir a distintas fuentes y de reflexionar sobre todo ello para sacar nuestras
propias conclusiones. Lo demás es ideología.
Publicado en “Nueva Huella”.
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