A lo largo de la historia ha habido multitud de pensadores, creadores e individuos de todo tipo, color y condición, capaces de intuir que la realidad era algo más compleja e indescifrable de lo que en apariencia podemos sospechar. Sociedades secretas, misteriosas instalaciones gubernamentales y experimentos encubiertos han poblado el cine, la literatura y el imaginario colectivo. La conspiranoia ya no es sólo el tapiz del frikismo más extremo y, quien más quien menos, alberga en su recámara la idea (confesable o no) de que los dirigentes, en su afán inquebrantable por mantener el orden mundial, utilizan todo tipo de artimañas para controlarnos desde una atalaya de poder erigida sobre las leyes que nos obligan a cumplir.
Cabe también la posibilidad de
que ustedes, a diferencia de los individuos a los que aludíamos, no hayan
sentido nunca esa inquietud. Tanto si es así como si no, tengan presente el
escenario que acabamos de mostrar, fíjenlo en sus mentes. Bien, ahora incluyan
en él extraterrestres invasores ultra dimensionales, rituales mágicos
masturbatorios, chamanes con pinta de skin head y el lsd como medio para ver lo
que se esconde tras la apariencia. ¿Lo tienen? Demencial, ¿verdad? Pues, damas
y caballeros, permitan que les dé la bienvenida al universo de Grant Morrison.
Nacido en Glasgow en 1960, este
escocés de calvicie voluntaria y acento ininteligible supo, desde muy
pequeñito, que algo no iba bien en el mundo. Sus padres, activistas
antinucleares, sentaron las bases, sin saberlo, de muchas de las premisas sobre
las que se sostienen las historias que han hecho del bueno de Grant, uno de los
más importantes guionistas de comics de los últimos veinte años. Pero eso
llegaría más tarde. Como él mismo reconoce en el genial documental “Talking
with gods” (2010), fue un niño bastante retraído que, después del colegio,
acudía con su familia a manifestaciones y sentadas reivindicativas. En la
adolescencia se convirtió en mod y fundó una banda con la que, pensaba el
pobre, superaría su hasta entonces absoluta falta de contacto con el género
femenino. Durante esa etapa ya escribía y dibujaba sus propias historietas, que
de hecho pudo vender a la ya extinta revista Warrior, adalid del comic
underground británico en aquel tiempo, y empezó a desarrollarse su interés por
la magia, que no dudaba en practicar haciendo regulares tiradas de tarot a
propios y extraños con resultados sorprendentes, a pesar de haber reconocido,
con el tiempo, que se lo inventaba absolutamente todo.
No obstante, fueron dos hechos
los que supusieron el punto de inflexión en su vida. Uno, el fichaje por DC
comics, en una década en la que las grandes editoriales norteamericanas
empezaron a mirar hacia las islas británicas en su búsqueda de talentos (fruto
de ello sería el descubrimiento, entre otros, de Allan Moore o Neil Gaiman),
donde se especializó en el relanzamiento de personajes clásicos olvidados, como
“Animal Man” o “Doom Patrol”. El otro gran momento se produjo tras la
realización del magnífico “Arkham Asylum” (1989), publicado coincidiendo con el
estreno del primer Batman de Tim Burton, y que supuso un auténtico boom en
ventas.
La suma que consiguió le sirvió
fundamentalmente para tres cosas, ver tanto dinero junto por primera vez, saber
que su carrera como guionista estaba en marcha y hacer un viaje soñado
alrededor del mundo que le sirviera, al emprenderlo en soledad, como viaje
iniciático y de descubrimiento, transición que todo mago debe abordar.
El caso es que el resultado
superó las expectativas. Quienes le conocían en aquella época aseguran que el
cambio resultó extraordinario. Se rapó la cabeza y experimentó cada cosa que
llamaba su atención, desde todos los tipos de alcohol que pudo encontrar (cada
día se tomaba una pinta de algo distinto para observar los efectos), teniendo
en cuenta lo que ello implica para alguien, hasta entonces, abstemio, el paso
por las drogas enteogénicas buscando estados alterados de conciencia, hasta
salir a un club vestido de mujer teniendo como único objetivo descubrir su lado
femenino.
Todo ello cristalizó en la que
para muchos, y servidor se incluye entre ellos, es a día de hoy su obra magna:
Los Invisibles.
Entre 1994 y el 2000, a lo largo
de 59 números repartidos en tres volúmenes, el mundo cambió. Y lo hizo gracias
a una vorágine de obsesiones, alter egos, referencias y grandes ideas que el
señor Morrison vomitó en forma de comic book. La premisa es la siguiente: Unos
alienígenas tecnócratas, conocedores de los secretos cuánticos del universo,
intentan esclavizar al ser humano, sin éste saberlo, en un complot donde
intervienen ciertas esferas gubernamentales. Un grupo, Los Invisibles,
compuesto por magos anarquistas (entre otras muchas cosas) y dividido en
células repartidas por el mundo, intenta placar la invasión y despertar al ser
humano de su cautiverio. La célula dirigida por King Mob, alter ego en lo
físico y en lo psíquico de Grant Morrison, es la protagonista de la historia al
descubrir, en un conflictivo y malhablado chaval de los bajos fondos de
Liverpool, al elegido, una especie de pequeño buda que encierra el poder
definitivo para acabar con la tiranía mental a la que estamos sometidos. Por
cierto, todo esto les suena, ¿verdad? Tanto les debe sonar como a su autor, que
no dudó en denunciar a los hermanos Wachowsky por haber plagiado descaradamente
su obra en la realización de Matrix, donde se llegan a reproducir viñetas
exactas en secuencias como la del espejo, entre otras. ¿Resultado? El esperado.
Reconocieron que había sido una gran influencia, que eran admiradores del
comic, bla, bla, bla. Así que si quieren una similitud para entender de qué va
Los Invisibles, piensen en la historia de Neo con muchísima más gracia, más
profundidad e infinita mala leche.
Tal fue la implicación, tanto
física como emocional en el proyecto que, al escribir cómo King Mob, al final
del primer volumen, enferma de cáncer, Morrison comenzó a tener una extraña
dolencia que le llevó al borde de la muerte, superándola sólo al salvar la vida
de su personaje. O eso cuentan. Lo importante es que, en definitiva, de eso trata
toda la obra, de cómo las ideas, nuestra conciencia, es capaz de alterar la
realidad, y de cómo sólo nosotros somos dueños de nuestro destino, por más que
el mundo y los terrores que lo habitan tengan como objetivo impedirlo. Tan solo
hay que creer. Esa es la vía.
Morrison utiliza la magia del
caos para canalizar la transición de la idea al hecho, pero insta a cualquiera
a buscar el camino que le ayude a conseguirlo.
Ya que se ha mencionado la magia
del caos, un breve apunte: unos de los métodos que ésta emplea para conseguir
un objetivo, es el conocido como sigilo. Les cuento, se escribe en un papel un
deseo, se tachan todas las vocales y las consonantes repetidas. Con las
restantes se hace un símbolo, como ustedes quieran. Para activarlo hay que
tener una experiencia extrema como el miedo (tirarse en puenting, por ejemplo),
aunque la más usada y placentera es la sexual, de tal modo que en el momento
álgido sensorial se tenga presente en la mente el símbolo. Una vez activado, se
olvida tan rápido como se pueda y a esperar los resultados. Pues bien, en una
de las editoriales de los primeros números, el bueno de Morrison pidió
expresamente a todos los lectores que, presten atención, se masturbaran
pensando en el éxito de la serie para conseguir, a través de esa gran explosión
conjunta de energía espiritual, que fuera una realidad.
A día de hoy, Los Invisibles se
ha convertido en una referencia del comic moderno y en un portento de escritura
galardonado con incontables reconocimientos. Su autor, una estrella absoluta a
quien todas las editoriales quieren en su plantilla, que vive en un castillo de
Escocia con su mujer (igualita a él en todo salvo en que está de mejor ver),
que sigue siendo igual de apasionado, humilde y loco que hace 20 años, y que
mantiene intacta su idea: para cambiar el mundo y a nosotros mismos, sólo es
necesario creerlo con fuerza. Háganme el favor, créanle.
Publicado en “La Nausea”.
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