viernes, 3 de junio de 2016

Revolución y LSD. A propósito de Grant Morrison.



A lo largo de la historia ha habido multitud de pensadores, creadores e individuos de todo tipo, color y condición, capaces de intuir que la realidad era algo más compleja e indescifrable de lo que en apariencia podemos sospechar. Sociedades secretas, misteriosas instalaciones gubernamentales y experimentos encubiertos han poblado el cine, la literatura y el imaginario colectivo. La conspiranoia ya no es sólo el tapiz del frikismo más extremo y, quien más quien menos, alberga en su recámara la idea (confesable o no) de que los dirigentes, en su afán inquebrantable por mantener el orden mundial, utilizan todo tipo de artimañas para controlarnos desde una atalaya de poder erigida sobre las leyes que nos obligan a cumplir.

Cabe también la posibilidad de que ustedes, a diferencia de los individuos a los que aludíamos, no hayan sentido nunca esa inquietud. Tanto si es así como si no, tengan presente el escenario que acabamos de mostrar, fíjenlo en sus mentes. Bien, ahora incluyan en él extraterrestres invasores ultra dimensionales, rituales mágicos masturbatorios, chamanes con pinta de skin head y el lsd como medio para ver lo que se esconde tras la apariencia. ¿Lo tienen? Demencial, ¿verdad? Pues, damas y caballeros, permitan que les dé la bienvenida al universo de Grant Morrison.

Nacido en Glasgow en 1960, este escocés de calvicie voluntaria y acento ininteligible supo, desde muy pequeñito, que algo no iba bien en el mundo. Sus padres, activistas antinucleares, sentaron las bases, sin saberlo, de muchas de las premisas sobre las que se sostienen las historias que han hecho del bueno de Grant, uno de los más importantes guionistas de comics de los últimos veinte años. Pero eso llegaría más tarde. Como él mismo reconoce en el genial documental “Talking with gods” (2010), fue un niño bastante retraído que, después del colegio, acudía con su familia a manifestaciones y sentadas reivindicativas. En la adolescencia se convirtió en mod y fundó una banda con la que, pensaba el pobre, superaría su hasta entonces absoluta falta de contacto con el género femenino. Durante esa etapa ya escribía y dibujaba sus propias historietas, que de hecho pudo vender a la ya extinta revista Warrior, adalid del comic underground británico en aquel tiempo, y empezó a desarrollarse su interés por la magia, que no dudaba en practicar haciendo regulares tiradas de tarot a propios y extraños con resultados sorprendentes, a pesar de haber reconocido, con el tiempo, que se lo inventaba absolutamente todo.

No obstante, fueron dos hechos los que supusieron el punto de inflexión en su vida. Uno, el fichaje por DC comics, en una década en la que las grandes editoriales norteamericanas empezaron a mirar hacia las islas británicas en su búsqueda de talentos (fruto de ello sería el descubrimiento, entre otros, de Allan Moore o Neil Gaiman), donde se especializó en el relanzamiento de personajes clásicos olvidados, como “Animal Man” o “Doom Patrol”. El otro gran momento se produjo tras la realización del magnífico “Arkham Asylum” (1989), publicado coincidiendo con el estreno del primer Batman de Tim Burton, y que supuso un auténtico boom en ventas.

La suma que consiguió le sirvió fundamentalmente para tres cosas, ver tanto dinero junto por primera vez, saber que su carrera como guionista estaba en marcha y hacer un viaje soñado alrededor del mundo que le sirviera, al emprenderlo en soledad, como viaje iniciático y de descubrimiento, transición que todo mago debe abordar.

El caso es que el resultado superó las expectativas. Quienes le conocían en aquella época aseguran que el cambio resultó extraordinario. Se rapó la cabeza y experimentó cada cosa que llamaba su atención, desde todos los tipos de alcohol que pudo encontrar (cada día se tomaba una pinta de algo distinto para observar los efectos), teniendo en cuenta lo que ello implica para alguien, hasta entonces, abstemio, el paso por las drogas enteogénicas buscando estados alterados de conciencia, hasta salir a un club vestido de mujer teniendo como único objetivo descubrir su lado femenino.
Todo ello cristalizó en la que para muchos, y servidor se incluye entre ellos, es a día de hoy su obra magna: Los Invisibles.

Entre 1994 y el 2000, a lo largo de 59 números repartidos en tres volúmenes, el mundo cambió. Y lo hizo gracias a una vorágine de obsesiones, alter egos, referencias y grandes ideas que el señor Morrison vomitó en forma de comic book. La premisa es la siguiente: Unos alienígenas tecnócratas, conocedores de los secretos cuánticos del universo, intentan esclavizar al ser humano, sin éste saberlo, en un complot donde intervienen ciertas esferas gubernamentales. Un grupo, Los Invisibles, compuesto por magos anarquistas (entre otras muchas cosas) y dividido en células repartidas por el mundo, intenta placar la invasión y despertar al ser humano de su cautiverio. La célula dirigida por King Mob, alter ego en lo físico y en lo psíquico de Grant Morrison, es la protagonista de la historia al descubrir, en un conflictivo y malhablado chaval de los bajos fondos de Liverpool, al elegido, una especie de pequeño buda que encierra el poder definitivo para acabar con la tiranía mental a la que estamos sometidos. Por cierto, todo esto les suena, ¿verdad? Tanto les debe sonar como a su autor, que no dudó en denunciar a los hermanos Wachowsky por haber plagiado descaradamente su obra en la realización de Matrix, donde se llegan a reproducir viñetas exactas en secuencias como la del espejo, entre otras. ¿Resultado? El esperado. Reconocieron que había sido una gran influencia, que eran admiradores del comic, bla, bla, bla. Así que si quieren una similitud para entender de qué va Los Invisibles, piensen en la historia de Neo con muchísima más gracia, más profundidad e infinita mala leche.

Tal fue la implicación, tanto física como emocional en el proyecto que, al escribir cómo King Mob, al final del primer volumen, enferma de cáncer, Morrison comenzó a tener una extraña dolencia que le llevó al borde de la muerte, superándola sólo al salvar la vida de su personaje. O eso cuentan. Lo importante es que, en definitiva, de eso trata toda la obra, de cómo las ideas, nuestra conciencia, es capaz de alterar la realidad, y de cómo sólo nosotros somos dueños de nuestro destino, por más que el mundo y los terrores que lo habitan tengan como objetivo impedirlo. Tan solo hay que creer. Esa es la vía.

Morrison utiliza la magia del caos para canalizar la transición de la idea al hecho, pero insta a cualquiera a buscar el camino que le ayude a conseguirlo.

Ya que se ha mencionado la magia del caos, un breve apunte: unos de los métodos que ésta emplea para conseguir un objetivo, es el conocido como sigilo. Les cuento, se escribe en un papel un deseo, se tachan todas las vocales y las consonantes repetidas. Con las restantes se hace un símbolo, como ustedes quieran. Para activarlo hay que tener una experiencia extrema como el miedo (tirarse en puenting, por ejemplo), aunque la más usada y placentera es la sexual, de tal modo que en el momento álgido sensorial se tenga presente en la mente el símbolo. Una vez activado, se olvida tan rápido como se pueda y a esperar los resultados. Pues bien, en una de las editoriales de los primeros números, el bueno de Morrison pidió expresamente a todos los lectores que, presten atención, se masturbaran pensando en el éxito de la serie para conseguir, a través de esa gran explosión conjunta de energía espiritual, que fuera una realidad.

A día de hoy, Los Invisibles se ha convertido en una referencia del comic moderno y en un portento de escritura galardonado con incontables reconocimientos. Su autor, una estrella absoluta a quien todas las editoriales quieren en su plantilla, que vive en un castillo de Escocia con su mujer (igualita a él en todo salvo en que está de mejor ver), que sigue siendo igual de apasionado, humilde y loco que hace 20 años, y que mantiene intacta su idea: para cambiar el mundo y a nosotros mismos, sólo es necesario creerlo con fuerza. Háganme el favor, créanle.

Publicado en “La Nausea”.


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